Zihuatanejo, de mi corazón

0
486

Esta vez me escapé del D.F.

Hace mucho que no celebraba mi cumpleaños, era justo una semana después de la de mi hijo, que la verdad me emociona más, y una semana antes de Navidad, con su hermoso caos de sentimientos y familia.

Pero este año me escapé. Decidimos mi esposo y yo, llevar a nuestras hijas a un lugar casi sagrado para mi, Ixtapa-Zihuatanejo.

Me explico.

Desde que tengo memoria me traían mis papas aquí con mi hermano. Eran dias eternos nadando en el mar, haciendo castillos y comiendo bufet tras bufet, como muertos de hambre.

Años después compramos una casa en Playa la Ropa. “Amisanas”, la llamó mi padre en honor a mi madre y a mi. Tristemente se vendió por las vueltas que da la vida, dió lo que tuvo que dar, y amé cada segundo.

“Me voy a retirar aquí, Papá. Este será mi lugar.” Le decía de jóven viendo el atardecer, echados en ese gran sofá azúl.

Nada mas de acordarme se me eriza la piel. Aquí crecí y tengo los recuerdos más hermosos de mi niñez.

A mis 19 años tuve mi primera borrachera, me pareció que era un poco grande, pero así fue. Salí a mi primer antro, al Christine Club, y a las 6 de la mañama salíamos descalzos
a correr en la playa, como buenos adolescentes llenos de furor y alcohol.

Fue la primera vez que me visitó (¡hasta allá!) un pretendiente formal, tuve mi primer beso de película sentados en la arena antes del amanecer.

También fue donde conocí a mi primer marido, me enamoré ese año nuevo del ‘96 y todo cambió. Me casé pocos meses después y mi hijo nació ese mismo diciembre.

Les digo, este lugar es mío. Muy mío.

Aquí he ido dejando partes de mi, y hoy lo vengo a recoger. Como esa tortuga marina que nace y regresa de adulta a su lugar de origen. (Espectáculo que vi por primera vez ayer en esta playa.)

Recibo mis 39 años desbordada de cosas buenas y muy agradecida. Estar aquí y rodeada de mi gente, a pesar del hueco que tengo por no tener a Sebastián conmigo, me hace muy felíz. Pero de esa felicidad madura, quieta, tibia, esa que perdura. Esa de treinta y nueve años.

Gracias a la vida de poderle hoy enseñar a mis hijas las bondades de este pequeño lugar llamado, Zihuatanejo.

Este es sin duda el mejor regalo que alguien me pudo dar. Gracias, Adolfo. No se que sería sin ti.

Comentarios